lunes, 25 de diciembre de 2017

Temblor


Volverás, lo sé… y me transformaré de nuevo en agua 
para acariciar como un río hasta tu último recodo.






Temblor... Cien veces antes había imaginado su encuentro, cien veces andado el camino que le separaba de aquel balneario semi oculto entre verdes, aguas calientes y cálidos aromas, cien veces soñado cada gesto, cada palabra, cada intensa caricia anticipo de comunión entre sus cuerpos. Cien veces prometido aun a sabiendas sus palabras se quedaban en deseo, cien e incluso más, deseado, soñado, imaginado cada detalle, cada segundo, cada paso que aún le alejaba de ella.

Días y noches antes de su cita le resultaba imposible mantener la calma, los nervios le podían, le atenazaban atando y devolviendo de golpe todos sus miedos. Era tal su deseo, tal su cercanía, tal la belleza tantas y tantas veces anhelada que tales no hacían sino aumentar sus temores, mucho en aquellas jornadas previas y más aún, sabía, una vez la tuviera delante.

Llegaron casi al tiempo, cruzaron sus miradas justo al momento en que ella, deslumbrante pese al viaje y al cansancio de años de espera, le regalaba una sonrisa satisfecha sorprendiéndole al umbral de su primer beso. Temblaba. Guardaba en su memoria cada palabra de los últimos días, recordaba su voz en cada audio, cada imagen que había alimentado su excitación en noches en soledad en las que sus manos anticipaban su entrega.

Nervioso, deseando sentir su calor, su boca, la humedad de su lengua embravecida buscando la suya; apenas tardaron unos minutos en la habitación en prolongar su primer abrazo, una mirada, una cómplice sonrisa antes de rendirse admirado a su hermosa desnudez. Su cuerpo, de una belleza exquisita, le reclamó entonces con premura, sus manos abrazaron su sexo, hizo suyos sus miedos ahuyentándolos al tiempo que la humedad entre sus piernas le invitaba a tomarla. Ambos se entregaron en su vez primera entre urgencias y aplazado deseo, bebiéndose, sintiéndose, catando el elixir en aquellos momentos que los dos sabían no eran sino el comienzo de su hermoso sueño. Olvidó él, sin embargo, todas sus aquellas promesas, el anhelo acariciado en largas noches de deseo y solitarios “encuentros”.

En promesas incumplidas quedó por tanto el tributo entregado, en aplazado instante recorrer su cuello, acariciar pelo y piel oliendo y oliéndose, en su absurdo y masculino egoísmo pasó sin apenas detenerse por arco y límite de su espalda incapaz de dibujar los prometidos corazones en suaves trazos de su delicado envés. Prometiera antes y olvidara ahora plenitud, amor y sueño, concediéndole al tanto y entre urgencias sus nervios primeros, inmadurez, urgencias y tempranos miedos en ingrato pago a lo que entre sus piernas ella le regalaba.

De aquella primera, y no pudiendo ser por él de otra forma, quedaron ambos insatisfechos, siendo entonces como de otra forma no pudiera, decidida y generosa, ella quien optara por reconducir y reconducirle. Entre agobios y miedos se ausentó él un instante, apenas unos minutos suficientes para al regreso encontrarla envuelta en sensuales y negros encajes. Un ceñido y oscuro entredós dejando entrever curvas, pecho y de espalda el hermoso límite sobre sus piernas le sorprendía endureciéndole al punto; encargándose sus manos, labios y suaves roces de hacer el resto.

Sin descanso, desnudos sobre el lecho comenzaron a descubrirse de nuevo, acariciando cada centímetro de piel y alma expuestas al otro. El temblor permanecía -aún hoy lo hace- mientras libres las manos recorrían suavemente sus perfiles. Ella usó las suyas para dibujar el deseo sobre su sexo, rostro, cuello y pecho, húmedos los labios fue ofreciéndole uno a uno todos los besos que se habían perdido; su hermoso cuerpo pegado al suyo, delicada y lentamente le preparó de nuevo mientras le escuchaba. Un susurro pidió la tomara de nuevo,  acogiendo de nalgas expuesta su entera virilidad marcando entonces ella el ritmo. Suave, casi sin entrar primero, muy lentamente, sus caderas le guiaron en sus ya empapados adentros, empujando sus manos dibujaron breves líneas en su espalda antes de girarla penetrándola de nuevo. Sus piernas le rodearon invitándole a poseerla por completo, la levantó apresándola sobre sus hombros y deteniéndose en su mirada sintió las paredes de su sexo entregadas, tenso el cuerpo, ávido el deseo; se incorporó a punto de estremecer para que su boca le completara; le seguía mirando reclamándole…

Sus ojos, su mirada, su voz, las risas, el leve roce de sus manos, el deseo vehemente y encarnecido, la humedad de sus labios, su lengua buscando la suya, su exquisito pecho;  su ejemplo y valentía; el dibujo de su sexo, la extraordinaria forma de hacer renacer el suyo; el límite de su espalda, su calor cómplice, corazón y alma en cada beso, su voz alimentándole, sus olores confundiéndose, las sutiles líneas de su feminidad expuesta y entregada. Sus palabras al escucharle, las suyas al descubrirla, el eco de su voz envuelta en matices, su acento, el temblor que antes y desde entonces le acompaña…

Se dieron. Entregado, la recibió tendido al tiempo que ella revivía cada instante haciéndole renacer de nuevo

2 comentarios:

  1. Avergonzada he de decir que lo acabo de leer y las palabras llenas de sentimiento plasmadas en tan delicioso relato han hecho removerse a mis entrañas y escotarse con cada línea. Cuidado, delicado y profundo como todo lo que escribes, es imposible permanecer indiferente ante tanta provocación y lujuria hechas palabras. Simplemente excitante y bello.
    *^.^*

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