miércoles, 8 de marzo de 2017

Desobediente









Entre el placer y el dolor de lo prohibido. Se sabía desobediente pero algo en su interior la provocaba y desconcertaba al tiempo. Salió de la ducha, se detuvo ante el espejo y admiró su cuerpo tal y como él le había enseñado. Sabía que su Maestro lo adoraba y su esfuerzo era cada día entrenarlo para su único disfrute. Generoso pecho, pezón abundante, acogedoras caderas, sexo grande y perfectamente depilado a su antojo, él le había enseñado a sentirse cómoda en su desnudez. Aún recordaba los complejos y miedos que a su lado había aprendido a superar y los numerosos y justos castigos en prenda al Señor en el aprendizaje. Ella era ya justo lo que él reclamaba y esa sensación terminó por seducirla y convencerla de su íntima belleza.

Extrañaba su presencia, el último de sus viajes se había prolongado más de lo esperado. Llevaba días intranquila y su última conversación, aquella misma mañana, la había dejado muy caliente aunque no se atrevió a pedirle permiso. Recién duchada y perfumada como si él fuera a aparecer por la puerta de su estancia, caminó desnuda, le gustaba la sensación de libertad que le proporcionaba; intentó distraerse con una revista y algo de música, pero acabó sentándose ante la pantalla del ordenador y, sin saber bien cómo, acabó en el blog en el que su Dueño relataba cada una de las sesiones a su lado. Leyó cada texto, recordó cada momento, cada imagen, se vio en cada palabra, cada coma, cada gesto descrito por el Amo. Seguía desnuda, sólo una leve tela le cubría el ombligo, el frío de la noche se colaba por la ventana aunque apenas lo percibía. Cada nueva entrada la humedecía al tiempo que casi inconscientemente abría y cerraba el coño, lo imaginaba descansando, tumbado desnudo en la cama, recordó el sabor de su sexo, lo intenso de cada abrazo, la ternura en sus caricias, el calor de sus palabras.

Entró en su carpeta de archivos y admiró el cuerpo que tantas veces había besado, tantas deseado, tantas arropado con el suyo en noches de confiada entrega. Rotuló con sus dedos cada pliegue, cada tramo de piel, dibujó el perfil de sus labios mojando los suyos. Palpitaba el sexo, deseo urgente, los pezones le dolían reclamando alivio, cerró los ojos intentando apartar sus ganas; la humedad la invadía, desbordaba, deslizándose entre sus piernas y alcanzando las nalgas. Quería apartarse de la pantalla pero las ganas de vaciarse se lo impedían, retiró la mesa, en su ordenador se desplegaba la imagen del sexo de su Amo aún mojado después de tomarla por última vez, recordó el momento en que ella misma había hecho esa foto, y más aun aquel en el que se había corrido dentro y los orgasmos que en ella siguieron. Intentó asentarse de nuevo en la pequeña silla auxiliar a su mesa portátil y lo único que consiguió fue abrir las piernas ofreciendo su coño, abierto, empapado. El olor invadía la habitación aumentando el deseo. Sin saber cómo se sorprendió magreando sus empitonados pezones mientras la otra mano viajó al borde de su sexo. La respiración le fallaba, un último golpe de su realidad transgresora la asaltó antes de introducir tres de sus dedos brutal, casi frenéticamente. Sus ganas de orinar no hacían más que multiplicar las de correrse. Sudaba, le faltaba el aliento, recordó las ocasiones en las que el Dueño la obligaba a orinar antes de correrse a fin de prolongar sus flujos, lo hizo mojando la silla y sintió la primera de las brutales contracciones que sabía ya no cesarían. Casi convulsivamente se introdujo todos los dedos en un ir y venir lascivo, gemía, jadeaba el nombre de Petrus deseando apareciera como tantas veces a reprimir su falta de voluntad. El primero de los orgasmos se tradujo en un grito desarmado, de súplica, quería el segundo, lo notó llegar desde la espalda, cayó al suelo y sin embargo continuó masturbándose, tuvo tiempo de ahogar sus gritos, se corrió en silencio cuando tercero y cuarto se encadenaron, el agotamiento sofocaba su cuerpo ya sin traba ni freno que lo retuviera, retozó en el charco que había dejado en el suelo entre orines y flujos cuando al último de sus espasmos siguió por fin la calma. Desnuda, empapada, revuelto cuerpo y alma, las lágrimas cejaron sus ojos. LLoró su pecado ya sinremedio al tiempo que el chat de vídeo de su ordenador reclamó su presencia.

"Buen día mi niña, ¿qué tal va todo?... "






3 comentarios:

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  2. Lluvia derramada en el pecado de la perdición del placer, lluvia que grita relámpagos desde la voz de sus entrañas.

    Besos.

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  3. A veces, no es tanto que seas desobediente, es que te sientes tan bien, tan agusto en compañía que tiras demasiado, tampoco es por insolencia, es el endemoniado carácter que no siempre te ayuda.
    Como bien dices al cerrar "Tu niña", algo traviesa e inquieta, pero siempre dispuesta para ti.

    Volver al sitio de acogida desborda las emociones, te deja vulnerable.

    Mi beso, Petrus

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