martes, 21 de febrero de 2017

Atados









Sintió las cuerdas. Su cuerpo se estremeció presionado por la gruesa línea que la cubría casi por entero ofreciendo sus pechos. Notó calor, un intenso calor en su piel enrojecida, un agrio escozor le atenazaba el busto, el dolor la invadía hasta dejarle sin habla. Perdió el aliento mientras su mirada desvaída, fija en el Amo, suplicaba alargar el momento. Desnuda, atada, entregada al deseo de su Señor, deseaba sentirle dentro aunque sabía que hoy no la penetraría, no al menos como había hecho cada noche desde su regreso. El dolor, ya casi insoportable, se confundía con el deseo, se sabía húmeda, tanto que las ataduras alrededor del sexo aún se apretaban más. Una vuelta más, quemaba, dolía pero una sonrisa le iluminaba el rostro dejando ver las nacaradas perlas que tanto gustaban a su Dueño. Querría pedir permiso para hablar pero las palabras se vaciaban en el cielo de su boca, sólo miraba, sentía y sonreía. Lo hacía aún más dulcemente cuando él acariciaba su cabello rojizo al tempo que apretaba un poco más el nudo principal del artesonado de su pecho. Deseaba ser suya, serlo por completo, sin matices, sin límites o que lo impidieran.







Su regreso había estado precedido de dudas, pero de nuevo estaba allí. Desnudo, endurecido y sometiéndola. Atados. Sonreía, no podía evitarlo, era suya desde siempre, desde su primera conversación y más ahora, con el paso de los años, la suma de experiencias compartidas, los momentos de dolor y risas, y aquellos en los su cuerpo se hacía junco entre sus manos expertas. Lo adoraba, sabía que él la amaba y cada noche se esforzaba por ser la sumisa perfecta, la que él había educado sin prisa a pesar de dificultades y distancias, aquella con la que soñó sin conocerla y que una vez suya le devolvió deseo y presencia. Era tan íntimamente suya, se había entregado con tal fuerza que había hecho suyos cada momento en los que juntos recorrieron el largo camino de su iniciación, sendero, adiestramiento y destreza hasta llegar al ahora, hasta convertirse en lo que ya eran por y para siempre, íntima realidad y único destino.

Apretó un poco más las cuerdas...