martes, 29 de diciembre de 2015

Agua en ti







Me costó decidirme pero al fin acordamos un encuentro. Apenas habían pasado seis meses desde aquella noche en la que, aún no sé bien porqué, entré furtivamente en tu página, espacio virtual desde el que cada noche finamente tejías delicadas redes de versos, sensaciones y ocultos y desafiantes placeres; apenas seis meses desde que tus letras, las primeras, comenzaron a hipnotizarme, apenas unos meses en los que el deseo me había tomado de forma tan brutal que tus verbos ese día y los que luego les siguieron hasta ahora, habían conseguido, pacientemente y sin prisas, quebrar la dura coraza que hasta entonces creí me protegía. Siempre me gustaron aquellas palabras que adornaban tus primeros textos, el sutil manejo de los versos, las imágenes, el brutal erotismo que destilaban tus letras y que más de una noche, imaginándote, me había hecho sucumbir furtivamente en la soledad de mi lecho al tiempo que mis manos dibujaban sobre mi cuerpo el lienzo que tantas veces tu voz me susurrara.

Recuerdo aquella noche, la primera, en la que descubrí tu página. Vagaba de blog en blog, aburrida, tenía calor, apenas un leve babydoll cubría mi cuerpo y sin saber bien lo que buscaba la pantalla de mi portátil me devolvía imágenes y aventuras virtuales, espacios de erotismo en red que habían hecho mi excitación fuera en aumento. Una tras otra, las páginas se abrían a mí ofreciéndome sin pudor fotos, textos, sugerencias, sexo explícito que no hacía más que aumentar mi aburrimiento. No sé bien cómo pero tu página saltó en mi ordenador casi sin esperarlo. Allí estaba. Grande, presidiéndolo todo, la imagen desnuda del Iuppiter más promiscuo me miraba en desafío, su verga casi insultante entre las manos de Tetis –“Acomodose junto a él, abrazó sus rodillas con la mano izquierda, tocole la barba con la diestra y dirigió su súplica al soberano… ”-.





 A su lado, y entre citas de Sade, Belli o Aretino, el enlace a aquella casona y tus primeros versos del agua, verbos que luego me arrastraran a la vorágine de sensaciones en la que ahora me encuentro. Me sumergí en tu obra, ávida, tensa, cada vez más excitada y caliente, tanto que aquella noche fue la primera en la que te llevé bajo mis sábanas, la primera en la que mis manos se vistieron de ti entre mi caliente e hinchado sexo. Aquella la noche que por primera vez y en un plácido duermevela, tu cuerpo se abrió paso entre el mío invadiéndome al punto de que decidiera hacer realidad el más excitante de mis sueños, llegar a tu lado, entregarme y sentir como tu ardiente esencia me reviviera por dentro.


No tardaste en aparecer. Unos días después de aquella noche recibí respuesta al comentario que dejara entonces en tu página. “Seré agua por usted…”  No conseguí entenderlo, ni aquel ni muchos de los que desde ese día fueron llegando en puntuales calendas a mi correo acompañados de sugerentes y sutiles mensajes. Muchos hasta aquel día, el último; la imagen de una rosa, un poema, una dirección, un día y unas palabras… “Ven, súmate a mí”. No lo pensé, los dos sabíamos que pronto sería de tu cuerpo presa, cautivo mi sexo entre tus piernas. 



Acudí a tu llamada, al grito antes ahogado y tantas veces reprimido. Acudí tras días de espera, de anhelos, de deseos incontenibles; acudí sabiendo lo que esperaba tras tu puerta, tras tus mensajes, tras las dulces y ardientes palabras de los últimos días, acudí húmeda, intensamente al pensarte, quemándome en el encuentro mil y un veces soñado;  nerviosa, temblorosa, recordando lo que leí en tu primer mensaje, en los que llegaron después, en el último tras el que accedí a ser tuya y entregarme…


El lugar que habías elegido para nuestro primer encuentro era una vieja casona rural reformada, la misma que había visto en el enlace de tu página; me costó llegar, los nervios y el dichoso GPS que siempre se negó a funcionar me hicieron perderme mil veces por los senderos que indicaban el camino hacia ti, eso y la excitación que me había impedido dormir la noche anterior y que aún ahora me acompañaba. Sentada en el coche, mientras conducía no podía evitar imaginarte, pensarte dentro de mí, tu sexo moviéndose en las embestidas que mis caderas marcaban. Las paredes del mío se humedecían de nuevo, como todas aquellas noches en las que, tras leer el último poema de tu página, me retiraba desnuda y entre sudores, pensaba en tus manos en mi cuerpo, tus labios recorriéndome, tu pecho pegado a mi espalda mientras mis nalgas se abrían a tu paso, para ti…


Casi sin saber cómo, me detuve en una cuneta, excitada, tremendamente excitada, abiertas las piernas, deseosa de tu cuerpo mis manos comenzaron a acariciar mi pecho, mis pezones endurecidos, apreté las piernas intentando reprimir mis ganas de ti, fue peor. Casi instintivamente mi ropa interior cayó empapada bajo el asiento, mis piernas reposando sobre el volante, levanté las nalgas haciendo franco el camino a mis dedos, primero uno, otro, el tercero me abrió de tal forma que no pude evitar un gemido largo, prolongado, era tu sexo el que penetraba salvaje y bruscamente en mi pensamiento mientras mi respiración comenzaba a ser más y más violenta. Lo noté llegar, los ojos cerrados, mis labios rotos por mis propios mordiscos, sentí mi flujo resbalar entre las piernas, empapar el asiento, ahogar un grito en mi garganta, un grito que ya no podía esconder por estar a tu lado, porque me tomaras, por beber de tu sexo, por amanecer fundida en ti, quebrada, deliciosamente rota y entregada…




Sin casi fuerzas retomé el camino, el deseo estaba aún, no había conseguido reprimir la sensación de saberte dentro, muy dentro; intenté recoger la ropa interior aunque finalmente preferí dejarla bajo el asiento, dejar que mi sexo apenas liberado y todavía abierto por la intensidad con la que minutos antes se habían movido mis dedos fuera el que acudiera a tu encuentro. Llegué al hotel, estaba más cerca de lo que imaginaba cuando tuve que detenerme en la cuneta a calmar mis ansias de ti. En la recepción, una rosa descaradamente y una nota manuscrita me esperaban: “Habitación 304, la nuestra, desnúdate y espera… ”. Temblaba, llevaba haciéndolo todo el camino pero ahora ya me resultaba imposible disimular. El hombre que atendía la recepción se dio cuenta, “¿está usted bien?”, “sí, no se preocupe, es sólo frío” (¿frío?, cómo decirle que toda yo era fuego y que ardía por dentro). “Su marido dijo que tardaría y que le espere en la habitación”, me indicó aquel hombre al tiempo que su mirada me hacía sentir vergonzosamente desnuda. ¿Mi marido?, no dije nada mientras esperaba el ascensor y mis ojos fijaron el inmenso cartel que colgaba de las paredes –“Júpiter se enamoró intensamente de esta tierra y decidió poseerla, atravesándola con un río y transformándose él mismo en agua para acariciar hasta su último recodo…”-. No quise evitar una sonrisa cómplice. Había algo mágico en el ambiente…



Llegada a la habitación, me costó abrir, mis dedos temblaban, mi corazón latía ávido y expectante, mi cuerpo se resistía a obedecer. Al entrar, un envolvente olor que aún no he acertado a definir me recibía; encima del lecho, una rosa, otra nota. “Sabía que vendrías, te quiero sólo vestida con el antifaz ciego que encontrarás sobre la almohada”. Me temblaron las manos mientras me desnudaba, ahora sí sentí frío, mucho frío, puse el antifaz sobre mis ojos y me tumbé esperando. No pasó mucho tiempo cuando escuché la puerta y sentí un olor suave a agua de colonia, estaba desvergonzadamente excitada, apreté fuertemente los muslos mientras sentía como mi sexo latía generando tal cantidad de flujo que las sábanas comenzaban a estar muy húmedas. Algo, tus brazos, me dio la vuelta sin decir nada. Tus dedos recorrieron mi espalda desnuda, masajeando los pequeños relieves de mi columna, tu aliento, tu saliva… Tu tacto añadía una nueva dimensión a la excitación que me embriagaba. Vacilaba al borde del abismo.


De nuevo me giraste, ahora mucho más suavemente. Sujetaste mis nalgas cubiertas de la fragancia viscosa de mi sexo, pellizcándolas, alzándolas. Mi entrepierna estaba cada vez más húmeda, la seda rozaba los delicados pliegues de mi sexo mientras el placer se anunciaba llegando a las rodillas, irradiaba hasta mi vientre, mi aliento cada vez más agitado me señalaba que no tenía voluntad de rehusar. Fue entonces cuando me atreví, mis manos se aventuraron recreando mi embriaguez en las formas de tu cuerpo, mis muslos se separaban por sí solos, mis rodillas se abrían sintiendo la dulzura de tus manos llegando hasta la puerta de mi sexo, tus labios absorbiendo el excitante néctar que luego, en un beso largo y lento dieras dulcemente a probar a mi boca.


Sentí entonces la respiración en mi cuello, tus labios entreabiertos y mojados sobre mi piel, apenas me tocabas; pensé en las veces que había soñado con este encuentro, las veces que mi mente lo dibujara al leer cada una de tus cartas, las que lo imaginé entre las paredes de mi alcoba;  mis caderas se alzaron involuntariamente cuando te inclinaste sobre mí, tu erección, fuerte, intensa, presionaba firmemente contra la hendidura de mis nalgas, penetrándome. Dejé descansar mi mejilla en la suave sabana de seda con los ojos cerrados, mientras mordisqueabas mi cuello con delicadeza y mis manos agarradas al cabecero de la cama ahogaron un grito mientras sentía como tu caliente esencia me inundaba por dentro.

Breves y continuados estremecimientos recorrieron nuestra piel...


No te sentí marchar, debí quedarme dormida en la nube a la que mi cuerpo se transportó al tiempo que te derramabas en mí; tímidamente, temerosa, mis manos levantaron el antifaz que cegaba mis ojos. A mi lado una rosa, blanca ahora, y una nota…


“Volverás, lo sé… y me transformaré de nuevo en agua para acariciar como un río hasta tu último recodo”.




3 comentarios:

  1. Paso volando para desearte un muy feliz año y darte las gracias por acompañarme durante todo un año.

    Que el nuevo año 2016 nos traiga a todos mucha paz y amor.

    Un beso muy grande.

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  2. Hay magia cuando escribes, en tu entorno, todo tú eres mágico y esa certeza ...
    Qué puedo decirte que no sepas ya, eres extraordinario, te expresas maravillosamente bien
    Mi beso, Majestic

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  3. Sabía que eras bueno... Que ingenua toda yo...

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