domingo, 8 de noviembre de 2015

La noche de ayer...







Abrazado a ti me detuve aquella noche en tus ojos, en su luz, en el brillo cómplice y cercano de tu mirar en paz; sereno recorrí la senda que tiempo y vida tantas veces han negado para renacer en tu camino, aquel que cada noche tu voz marca y señala.

Tus manos me guiaron, tu voz me reclamó, tus dedos, puentes de paz en los míos, dibujaron mi nombre como hicieran entonces y ahora de nuevo. Tu cuerpo, aun debilitado, se hizo fuego entre mis brazos, agua tus caricias, dulce néctar de amor tus besos. Ellos, estrellas de brillante luz mi refugio, descanso, tregua y único aliento; ascuas de fe en el templo de tu delicada tez, blanca, pura, nívea como limpio el camino que tu nombre trazó entre mis piernas.

Una noche, un instante, apenas un momento que soñé con retener deteniendo el tiempo, cielo y tierra conjurados me devolvieron cada imagen de aquella vez primera cuando superando mis miedos tu cuerpo se abrió a mí, frágil, dulce, sereno para descubrirte en fuego y luz perfilada en el más bello de los lienzos; tu espalda, tu pecho, tus manos, tu voz, tu latido. La vez primera, las que siguieron, cada una en la que no estás y ésta tras la que tu olor aún permanece. Lecciones de amor con las que aprender cada día.


Virgen de cariño hasta tu llegada, indolente y necio, me recogiste en despojos envuelto y aún ahora, sin merecerte, es tu calor al abrigo del que duermo cada noche. Es tu voz la que despide el día, tu imagen la que despierta a mi lado, tu beso el que celebra la llegada del alba. Son tus versos, amor, los que me recuerdan al caer la tarde que hay un cielo más allá, que el sol sale cuando acortas mis espacios y me lleno de ti, tus brazos los que me rodean cuando tu ausencia me duele. Es tu voz, tu fuerza, tu fe, tus ojos, su luz, el brillo cómplice de tu mirar en paz...

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